Cerro de Pasco es una ciudad minera desde tiempos ancestrales. En la época prehispánica, los incas ya extraían oro y plata a pequeña escala con fines ornamentales y rituales. Con la llegada de los españoles, la explotación se intensificó y, en el siglo XVII, la Corona Española declaró a Cerro de Pasco “Ciudad Real de Minas”, consolidándola como uno de los centros extractivos más importantes del virreinato.
Con el paso del tiempo, la ciudad fue creciendo y asentándose alrededor de esta actividad. En el siglo XX, con la llegada de la Cerro de Pasco Corporation, se dio el salto hacia la minería industrial a gran escala, pasando de la minería subterránea a los tajos abiertos y afianzando la dependencia económica de la región.
Es importante remarcar que la minería en sí misma no es negativa; lo que ha generado dificultades, como en cualquier industria, han sido las malas prácticas y la falta de controles en épocas pasadas. Hoy la situación es distinta, puesto que la minería formal en el Perú se rige por uno de los marcos legales más exigentes del mundo. Las empresas deben contar con planes de cierre financiados que aseguren que los territorios intervenidos queden en igual o mejor condición, y la fiscalización está a cargo del OEFA, organismo técnico autónomo que garantiza transparencia y objetividad.
En Cerro de Pasco existe una paradoja, mientras muchos asocian la minería solo con contaminación, la ciudad misma nació y se concibió históricamente como una urbe minera. Lo que observamos hoy no es solo un dilema ambiental, sino también socio-cultural. ¿Cómo reconciliar esa identidad minera con las demandas actuales de sus habitantes que buscan remediación y una ciudad habitable y sin contaminación?